El desierto tiene la magia de provocar una atracción inexplicable, y cuando florece lo hace de un modo impetuoso, viviendo el presente oportunamente, aportando todo el color y la vida que falto allí por años, una intensa savia lo recorre, aun entre su pedregosa esencia.
El desierto se ama con la lluvia a la distancia, y cuando se produce la caricia entre ellos, estallan en mil colores, la arena se vuelve un arcoíris floral.
Desde concepciones espirituales muy antiguas el desierto ha sido un paso de iniciación de meditadores y ascetas, al igual que un lugar de exclusión y condenas, un lugar de de encuentro místico y de realización de epifanías divinas.
Palabras de CYNTHIA KEMP en su libro Alquimia del desierto.
" Todas las esencias florales de este particular ambiente desértico llevan en si mismas las virtudes de las fuerzas naturales que les han dado vida"
Frente a tales fuerzas, nada mejor que entregarse al equilibrio natural.

El desierto es concebido como el lugar donde reina la aridez extrema.
Puede que esta afirmación sea muy acertada en un porcentaje muy alto, pero cuando aflora la vida se describe como un oasis, brota la magia del camino adormecido que espera la señal para darse a conocer, vida que se abre paso ante todo.
El desierto es el lugar donde todos deberiamos habitar un instante para poder valorar y reconocer el oasis donde moramos habitualmente.